La anuncia un bochorno inaguantable y un cielo que se cubre de gris a lo largo del dia. Es algo que aún me faltaba desde que estoy aquí: el olór a tierra mojada y esos gotarrones pesados y densos que nada tienen que ver con la lluvia fina del invierno. Su consistencía habla una lengua diferente, una lengua que conozco bien, que viene del sur y de los paises calientes. Quizás me cuente de Génova, cuando en los dias de tormenta el mar y el cielo luchan a quien se pone más gris, o quizás hable de Calella y de los partidos a cartas y los suéters del armario de la abuela.
El viento también quiere hablar. Pero no es un cuento que yo ya haya oído, es una historia nueva que no conoce la sal entre sus palabras. Y tampoco sabe que es el olor a pescado. No lleva consigo el color azúl del mar liso de tramontana, ni el verde petroleo de los dias de xaloc o de garbí (siempre según donde uno esté, porque los vientos, ya se sabe que son algo subjetivo).
Él habla de campos de lúpulo y de trigo, de flores, de kilometros de tierras vacias, de la nada que rodea esta ciudad. También habla de lo que encuentra al llegar aquí, el olor a Döner y a frenos estridentes del tranvía o de la S-Bahn.
Todo este ruido me coge como una luz en plena noche, como un rio en llena, mientras las ruedas de la bici corren sobre la pista roja ententando llevarme cúanto antes bajo el seguro techo de mi casa.
